

Los primeros en rechazar la globalización
son los indígenas por que saben
no estan invitados a la fiesta.
Miguel Ángel Contreras Nieto
Se considera como pueblos indígenas americanos, a la suma de pueblos nativos que vivían en América antes de la llegada de los europeos, así como a sus descendientes. Según cálculos, en el continente americano, a la llegada de los europeos, habitaban noventa millones de indígenas, diez de estos poblaban el actual territorio de Estados Unidos y Canadá, y el resto, es decir ochenta millones estaban distribuidos en lo que hoy conocemos como Latinoamérica, región en la que, hoy en día, viven alrededor de 26. 3 millones de indígenas, distribuidos en 600 pueblos.
Como puede evidenciarse, de manera paulatina pero constante, la población indígena de América Latina ha ido en decremento, lo cual demuestra las dificultades que los pueblos indígenas enfrentan para su desenvolvimiento. Sin duda, primero el europeo conquistador, y posteriormente, el mestizo, no hemos sabido respetar el derecho que tienen los indígenas para habitar y desarrollarse en este amplio continente.
En este sentido, puede afirmarse que la situación actual de los pueblos indígenas de Latinoamérica, es en muchos aspectos idéntica a la que vivieron poco después de la conquista europea: enfrentan los peores niveles de pobreza en la región y viven al margen de los procesos de toma de decisiones que determinen el rumbo del desarrollo de cada uno de los países de los que forman parte. Un buen ejemplo de ello lo constituye la ciudadanía, asunto que aunque formalmente es reconocido, en la práctica cotidiana dista mucho de realizarse, pues la condición social que posibilita la capacidad para participar a plenitud en la vida económica, social, cultural y política de la sociedad, queda únicamente en un solemne enunciado, lejano de la vida diaria de los pueblos indígenas latinoamericanos.
El problema que representa la situación de menoscabo a los derechos de los pueblos indígenas, es de capital importancia para América Latina, por dos razones fundamentales: por un lado los mestizos, conjuntamente con los indígenas, representan en forma mayoritaria, la población de los países latinoamericanos.
Por citar solo algunos casos, podemos señalar que representan más del 90% de la población de Ecuador, Chile, Honduras, El Salvador y Paraguay. Es indudable que América Latina tiene una muy importante deuda con respecto a su herencia indígena y con los grupos étnicos asentados en la región actualmente.
Por otra parte, resulta una verdad incontestable que las poblaciones indígenas y mestizas, con mucha frecuencia marginadas, han impulsado radicalismos políticos tales como la teología de la liberación, o levantamientos armados. De manera tal, que es incluso una cuestión de seguridad para los propios países de América Latina, encontrar esquemas para fomentar la participación de los indígenas en el proceso de desarrollo.
El escenario parece aún mas complejo si se considera que el proceso de globalización que experimentamos, es decir, la interrelación e interdependencia entre las distintas sociedades del orbe, se esta presentando de una manera vertiginosa.
Las sociedades todavía no se adaptan a un cambio, cuando ya son testigos y muchas veces objeto de nuevas transformaciones. Si en la actualidad los modelos de gobierno y los sistemas sociales latinoamericanos no han sido lo suficientemente incluyentes como para otorgar un lugar digno a los grupos indígenas, en este nuevo escenario, su capacidad de respuesta parece ser aún más incierta.
Desde la Revolución Industrial, iniciada en 1880, una y otra vez hemos observado cómo el desarrollo de una revolución tecnológica o económica que genere riqueza, no siempre se traduce en un incremento del bienestar de la sociedad. Esa es la paradoja a la que nos enfrentamos los países latinoamericanos y en especial, nuestros pueblos indígenas que son, desgraciadamente, en la mayoría de los casos, marginados entre los marginados.
En términos muy generales, los pueblos indígenas en Latinoamérica presentan, en su estructura social, una base económica fundamentalmente campesina y la presencia de pequeños sectores medios; al mismo tiempo, en muchos casos la pequeña burguesía comercial y burocrática que se encuentra dentro del territorio étnico es de composición mestiza, esta conformada por la población regional.
Desde siempre, las naciones ubicadas en el territorio latinoamericano, han estado conformados por una gran variedad de pueblos, entre los que se encuentran los indígenas, sin embargo, a estos últimos, en la praxis, a pesar de tener una voz propia, en buena medisa se les ha negado el derecho a participar en la toma de decisiones, especialmente en lo relativo a los asuntos que les atañen, y mucho menos han podido formar parte en la construcción del estado nacional. Esto ocurre, no obstante que los propios latinoamericanos, de manera paradójica, reconocemos orgullosos nuestra condición de mestizos.
En varios países de esta región, persiste la utópica idea de conformar una nación con una sola cultura y una sola lengua. Frente a esa concepción, y a otras más brutales, como la del darwinismo social, que promueve la supresión de los pueblos indígenas y los considera culpables del atraso de América Latina, estos pueblos, los indígenas, mantienen su empeño por la supervivencia, por proteger sus costumbres y sus valores, por preservar su cultura.
El interés de los estados latinoamericanos por integrarse al proceso de globalización, los ha conducido a aceptar, mayoritariamente, el modelo neoliberal, que privilegia las ventajas competitivas, consistentes en la posibilidad ofrecida por la capacitación y la tecnología, para producir artículos a menor costo; evidentemente, bajo este esquema, con dificultad, un país poco adelantado puede competir en cualquier ámbito contra uno más desarrollado. Equivocadamente, se considera que neoliberalismo y mundialización son sinónimos o cuando menos, conceptos interdependientes.
Así, los grupos indígenas ven mermadas sus posibilidades de participación real en el desarrollo de un país cuyo modelo económico se basa en el principio de la heterogestión, es decir, en la dirección y gestión de los asuntos de todos por unos pocos distintos de aquellos.
A todos los gobiernos les resulta conveniente buscar la integración de los pueblos indígenas, al concepto de identidad nacional, pero desgraciadamente, la mayoría de las veces lo visualizan como capital político o como un factor de riesgo para su estabilidad. Por ello, el nivel de participación de dichos grupos en la toma de decisiones, es muy limitado si se considera que los términos en que se busca su incorporación son determinados de manera unilateral por el propio gobierno. Así, estos pueblos se enfrentan al dilema de perder su herencia cultural para integrarse a una sociedad occidentalizada, en la que predominan los mestizos, o bien, ser objeto de segregación por parte de la sociedad.
Como un ejemplo de ello, vale recordar que en 1940, por iniciativa del gobierno de México, se reúnen todos los países o estados americanos que tienen población indígena en sus territorios, con el objeto de elaborar una estrategia para integrar al desarrollo, a los pueblos indígenas. Bajo esta vía se creo el Instituto Indigenista Americano, como una especia de fábrica de métodos científicos integracionistas. En esta lógica, para los Estados, los términos indígena, étnico y nativo equivale a gente insuficiente que requiere de las obras de beneficencia y evangelización, así como de la protección integracionista. A la par, campesino es una denominación clasista de carácter laboral civilizado. Según los ideólogos de esta corriente, son términos que reivindican la condición inferior que significa ser indio.
Puede decirse, sin embargo, que aunque de manera insuficiente, la participación de los indígenas en la actividad cotidiana de sus respectivos países, ha experimentado algunos avances. De esta manera, en 1979 en Bolivia, se logró que dos representantes indígenas fueran electos como diputados e integrarán el Parlamento Nacional. Esta victoria se visualiza en su real dimensión si se considera que en ese país, los indígenas constituyen el 70% de la población.
Después de 1980, el movimiento indígena se divide de manera clara en dos tendencias: la política y la apolítica. La primera, según el intelectual indígena Asunción Ontiveros, parece ser la más aceptada ya que implica una identificación con el estado nación correspondiente, bajo la premisa de que todo avance en las difíciles condiciones de subsistencia de los indígenas, debe ser garantizado por las respectivas legislaciones de esos países por eso afirma: “Si pretendemos una ley que reivindique nuestros derechos territoriales, esa ley tendrá su origen en los parlamentos. Pero para que esto ocurra, debemos hacer prevalecer nuestra presencia cultural y política dentro de la sociedad republicana. Para que las soluciones tengan en verdad espíritu indio, nuestro movimiento está forjando su propia ideología y filosofía cuya base es la que heredamos de nuestros antepasados, pero que también incorpora la de otras civilizaciones, la de otros continentes, y que hoy son patrimonio nuestro”. La segunda tendencia, por su parte, se fundamenta en el no reconocimiento del estado y propugna una solución radical que la enfrenta, incluso violentamente, a las instituciones estatales.
Para lograr una inserción cabal de los indígenas al desarrollo de un país, es necesario que el estado replantee muchos de sus paradigmas, como la visión que se tiene, dentro del modelo neoliberal globalizador, de que la tierra es una mercancía y un recurso productivo cuyo destino y uso debe decidirse en función de consideraciones como productividad y relación costo - beneficio. Para los pueblos indígenas, en cambio, la tierra es una entidad viva, es historia y es visualizada como la madre fértil que provee protección y sustento. Este conflicto refleja una oposición de paradigmas mucho más profunda de lo evidente, pues al asumirse como indígena, un individuo esta afirmando, entre otras cosas, una relación muy específica con la tierra.
Es necesario que los gobiernos de la mayoría de países latinoamericanos, replanteen sus relaciones con sus respectivos pueblos indígenas, que modifiquen su actitud hacia ellos y les permitan de manera más plena al propio estado, para lo cual debe comenzar por una nueva política en materia lingüística.
A lo largo y ancho de América Latina subsisten pueblos indígenas cuyos derechos humanos, de facto, han sido no solo relativizados sino incluso en ocasiones negados, imponiéndoseles por lo regular, patrones racistas, con los que velada o abiertamente se ha pretendido apartarlos de sus orígenes e historia. Este proceso se ha realizado en aras de un supuesto objetivo nacional, que ha buscado asimilarlos a la cultura nacional y despojarlos de su identidad particular.
A partir de la llegada de los europeos, los indígenas del continente americano comenzaron a padecer la imposición de modelos culturales extraños a ellos, por sobre sus costumbres; se les impusieron modelos socioeconómicos que van en contra de su cosmovisión y se les confino en selvas, desiertos y sierras.
El sector más pobre y explotado de América Latina, desde hace mucho tiempo, lo constituyen los pueblos indígenas. En gran proporción, sobreviven al margen de la vida económica, política, social y cultural de sus países, o se alquilan como mano de obra no calificada. De tal suerte que su condición socioeconómica los hace enfrentar condiciones de vida infrahumanas.
Conclusiones
Creemos que el proceso de globalización, con todos sus aspectos negativos, abre, sin embargo, la oportunidad con los esquemas de subordinación a que se encuentran sometidos los pueblos indígenas. Por muchos años, como se sabe, los pueblos indígenas han estado sujetos a un rígido control, que por lo general, llega a la marginación absoluta, por parte del grupo hegemónico constituido, en el caso de los países latinoamericanos, por los mestizos. Sin embargo, dentro de las transformaciones que conlleva la mundialización, puede darse el desarrollo de estrategias de integración social que partan de las propias bases de la sociedad, sin depender sustancialmente de las cúpulas.
No obstante, para que estas oportunidades sean reales, se requiere de factores propiciatorios, tales como la educación, capacitación en materia de autogestión, la asesoría para la conformación de microempresas, que sólo pueden ser asumidos por el estado. Es decir, la globalización ofrece posibilidades derivadas de la interrelación tan estrecha que se da hoy en día en los países del orbe, pero este factor no puede ser la panacea, debido a que el desarrollo requiere de otras condiciones económicas, políticas y sociales que solo pueden ser posibles mediante el replanteamiento del estado moderno y, específicamente, de los sistemas de gobierno.
Como afirma Roberto Mangabeira Unger, se requiere de un estado fuerte, con presencia, donde los ciudadanos cuenten con instrumentos como la iniciativa popular para revocar mandatos, donde haya un Ministerio Público independiente e instituciones que protejan verdaderamente de los abusos de poder. Es necesario también que ese estado, regule de manera real y efectiva las operaciones comerciales a fin de evitar que se constituyan, de facto, cárteles y oligopolios como ocurre en la actualidad en toda América Latina, en ese sentido, es necesaria la reorientación del estado hacia las micro y medianas empresas, la apertura de canales entre el ahorro y la inversión. Es imprescindible asimismo, que el estado garantice un conjunto básico de derechos humanos con la intención de corregir las desventajas económicas y sociales.
Las demandas políticas del conglomerado latinoamericano, se resumen en los siguientes aspectos:
Defensa y recuperación de sus tierras. El vínculo con la tierra es un tema recurrente en la temática indígena.
Reconocimiento y aceptación por la sociedad nacional de las lenguas indígenas y su uso, así como la especificidad étnica indígena.
Adaptación del sistema educativo a las necesidades culturales del grupo étnico indígena y el control de la comunidad sobre las escuelas.
Derecho y tratamiento igual por parte del Estado y cese a los abusos, la discriminación, el racismo.
Protección contra la violencia y los abusos practicados contra los indígenas por lo no indígenas.
Rechazo de la actividad religiosa misionera (aunque algunos grupos indígenas reconocen la ayuda que han recibido de los sectores progresistas de la iglesia).
Rechazo de los programas indígenas gubernamentales tecnocráticos y paternalistas que les han sido impuestos contra su voluntad y sus intereses y sin su participación efectiva.
Mayor participación política indígena en el manejo de sus propios asuntos y, en general, rechazo del sistema partidista tradicional.
son los indígenas por que saben
no estan invitados a la fiesta.
Miguel Ángel Contreras Nieto
Se considera como pueblos indígenas americanos, a la suma de pueblos nativos que vivían en América antes de la llegada de los europeos, así como a sus descendientes. Según cálculos, en el continente americano, a la llegada de los europeos, habitaban noventa millones de indígenas, diez de estos poblaban el actual territorio de Estados Unidos y Canadá, y el resto, es decir ochenta millones estaban distribuidos en lo que hoy conocemos como Latinoamérica, región en la que, hoy en día, viven alrededor de 26. 3 millones de indígenas, distribuidos en 600 pueblos.
Como puede evidenciarse, de manera paulatina pero constante, la población indígena de América Latina ha ido en decremento, lo cual demuestra las dificultades que los pueblos indígenas enfrentan para su desenvolvimiento. Sin duda, primero el europeo conquistador, y posteriormente, el mestizo, no hemos sabido respetar el derecho que tienen los indígenas para habitar y desarrollarse en este amplio continente.
En este sentido, puede afirmarse que la situación actual de los pueblos indígenas de Latinoamérica, es en muchos aspectos idéntica a la que vivieron poco después de la conquista europea: enfrentan los peores niveles de pobreza en la región y viven al margen de los procesos de toma de decisiones que determinen el rumbo del desarrollo de cada uno de los países de los que forman parte. Un buen ejemplo de ello lo constituye la ciudadanía, asunto que aunque formalmente es reconocido, en la práctica cotidiana dista mucho de realizarse, pues la condición social que posibilita la capacidad para participar a plenitud en la vida económica, social, cultural y política de la sociedad, queda únicamente en un solemne enunciado, lejano de la vida diaria de los pueblos indígenas latinoamericanos.
El problema que representa la situación de menoscabo a los derechos de los pueblos indígenas, es de capital importancia para América Latina, por dos razones fundamentales: por un lado los mestizos, conjuntamente con los indígenas, representan en forma mayoritaria, la población de los países latinoamericanos.
Por citar solo algunos casos, podemos señalar que representan más del 90% de la población de Ecuador, Chile, Honduras, El Salvador y Paraguay. Es indudable que América Latina tiene una muy importante deuda con respecto a su herencia indígena y con los grupos étnicos asentados en la región actualmente.
Por otra parte, resulta una verdad incontestable que las poblaciones indígenas y mestizas, con mucha frecuencia marginadas, han impulsado radicalismos políticos tales como la teología de la liberación, o levantamientos armados. De manera tal, que es incluso una cuestión de seguridad para los propios países de América Latina, encontrar esquemas para fomentar la participación de los indígenas en el proceso de desarrollo.
El escenario parece aún mas complejo si se considera que el proceso de globalización que experimentamos, es decir, la interrelación e interdependencia entre las distintas sociedades del orbe, se esta presentando de una manera vertiginosa.
Las sociedades todavía no se adaptan a un cambio, cuando ya son testigos y muchas veces objeto de nuevas transformaciones. Si en la actualidad los modelos de gobierno y los sistemas sociales latinoamericanos no han sido lo suficientemente incluyentes como para otorgar un lugar digno a los grupos indígenas, en este nuevo escenario, su capacidad de respuesta parece ser aún más incierta.
Desde la Revolución Industrial, iniciada en 1880, una y otra vez hemos observado cómo el desarrollo de una revolución tecnológica o económica que genere riqueza, no siempre se traduce en un incremento del bienestar de la sociedad. Esa es la paradoja a la que nos enfrentamos los países latinoamericanos y en especial, nuestros pueblos indígenas que son, desgraciadamente, en la mayoría de los casos, marginados entre los marginados.
En términos muy generales, los pueblos indígenas en Latinoamérica presentan, en su estructura social, una base económica fundamentalmente campesina y la presencia de pequeños sectores medios; al mismo tiempo, en muchos casos la pequeña burguesía comercial y burocrática que se encuentra dentro del territorio étnico es de composición mestiza, esta conformada por la población regional.
Desde siempre, las naciones ubicadas en el territorio latinoamericano, han estado conformados por una gran variedad de pueblos, entre los que se encuentran los indígenas, sin embargo, a estos últimos, en la praxis, a pesar de tener una voz propia, en buena medisa se les ha negado el derecho a participar en la toma de decisiones, especialmente en lo relativo a los asuntos que les atañen, y mucho menos han podido formar parte en la construcción del estado nacional. Esto ocurre, no obstante que los propios latinoamericanos, de manera paradójica, reconocemos orgullosos nuestra condición de mestizos.
En varios países de esta región, persiste la utópica idea de conformar una nación con una sola cultura y una sola lengua. Frente a esa concepción, y a otras más brutales, como la del darwinismo social, que promueve la supresión de los pueblos indígenas y los considera culpables del atraso de América Latina, estos pueblos, los indígenas, mantienen su empeño por la supervivencia, por proteger sus costumbres y sus valores, por preservar su cultura.
El interés de los estados latinoamericanos por integrarse al proceso de globalización, los ha conducido a aceptar, mayoritariamente, el modelo neoliberal, que privilegia las ventajas competitivas, consistentes en la posibilidad ofrecida por la capacitación y la tecnología, para producir artículos a menor costo; evidentemente, bajo este esquema, con dificultad, un país poco adelantado puede competir en cualquier ámbito contra uno más desarrollado. Equivocadamente, se considera que neoliberalismo y mundialización son sinónimos o cuando menos, conceptos interdependientes.
Así, los grupos indígenas ven mermadas sus posibilidades de participación real en el desarrollo de un país cuyo modelo económico se basa en el principio de la heterogestión, es decir, en la dirección y gestión de los asuntos de todos por unos pocos distintos de aquellos.
A todos los gobiernos les resulta conveniente buscar la integración de los pueblos indígenas, al concepto de identidad nacional, pero desgraciadamente, la mayoría de las veces lo visualizan como capital político o como un factor de riesgo para su estabilidad. Por ello, el nivel de participación de dichos grupos en la toma de decisiones, es muy limitado si se considera que los términos en que se busca su incorporación son determinados de manera unilateral por el propio gobierno. Así, estos pueblos se enfrentan al dilema de perder su herencia cultural para integrarse a una sociedad occidentalizada, en la que predominan los mestizos, o bien, ser objeto de segregación por parte de la sociedad.
Como un ejemplo de ello, vale recordar que en 1940, por iniciativa del gobierno de México, se reúnen todos los países o estados americanos que tienen población indígena en sus territorios, con el objeto de elaborar una estrategia para integrar al desarrollo, a los pueblos indígenas. Bajo esta vía se creo el Instituto Indigenista Americano, como una especia de fábrica de métodos científicos integracionistas. En esta lógica, para los Estados, los términos indígena, étnico y nativo equivale a gente insuficiente que requiere de las obras de beneficencia y evangelización, así como de la protección integracionista. A la par, campesino es una denominación clasista de carácter laboral civilizado. Según los ideólogos de esta corriente, son términos que reivindican la condición inferior que significa ser indio.
Puede decirse, sin embargo, que aunque de manera insuficiente, la participación de los indígenas en la actividad cotidiana de sus respectivos países, ha experimentado algunos avances. De esta manera, en 1979 en Bolivia, se logró que dos representantes indígenas fueran electos como diputados e integrarán el Parlamento Nacional. Esta victoria se visualiza en su real dimensión si se considera que en ese país, los indígenas constituyen el 70% de la población.
Después de 1980, el movimiento indígena se divide de manera clara en dos tendencias: la política y la apolítica. La primera, según el intelectual indígena Asunción Ontiveros, parece ser la más aceptada ya que implica una identificación con el estado nación correspondiente, bajo la premisa de que todo avance en las difíciles condiciones de subsistencia de los indígenas, debe ser garantizado por las respectivas legislaciones de esos países por eso afirma: “Si pretendemos una ley que reivindique nuestros derechos territoriales, esa ley tendrá su origen en los parlamentos. Pero para que esto ocurra, debemos hacer prevalecer nuestra presencia cultural y política dentro de la sociedad republicana. Para que las soluciones tengan en verdad espíritu indio, nuestro movimiento está forjando su propia ideología y filosofía cuya base es la que heredamos de nuestros antepasados, pero que también incorpora la de otras civilizaciones, la de otros continentes, y que hoy son patrimonio nuestro”. La segunda tendencia, por su parte, se fundamenta en el no reconocimiento del estado y propugna una solución radical que la enfrenta, incluso violentamente, a las instituciones estatales.
Para lograr una inserción cabal de los indígenas al desarrollo de un país, es necesario que el estado replantee muchos de sus paradigmas, como la visión que se tiene, dentro del modelo neoliberal globalizador, de que la tierra es una mercancía y un recurso productivo cuyo destino y uso debe decidirse en función de consideraciones como productividad y relación costo - beneficio. Para los pueblos indígenas, en cambio, la tierra es una entidad viva, es historia y es visualizada como la madre fértil que provee protección y sustento. Este conflicto refleja una oposición de paradigmas mucho más profunda de lo evidente, pues al asumirse como indígena, un individuo esta afirmando, entre otras cosas, una relación muy específica con la tierra.
Es necesario que los gobiernos de la mayoría de países latinoamericanos, replanteen sus relaciones con sus respectivos pueblos indígenas, que modifiquen su actitud hacia ellos y les permitan de manera más plena al propio estado, para lo cual debe comenzar por una nueva política en materia lingüística.
A lo largo y ancho de América Latina subsisten pueblos indígenas cuyos derechos humanos, de facto, han sido no solo relativizados sino incluso en ocasiones negados, imponiéndoseles por lo regular, patrones racistas, con los que velada o abiertamente se ha pretendido apartarlos de sus orígenes e historia. Este proceso se ha realizado en aras de un supuesto objetivo nacional, que ha buscado asimilarlos a la cultura nacional y despojarlos de su identidad particular.
A partir de la llegada de los europeos, los indígenas del continente americano comenzaron a padecer la imposición de modelos culturales extraños a ellos, por sobre sus costumbres; se les impusieron modelos socioeconómicos que van en contra de su cosmovisión y se les confino en selvas, desiertos y sierras.
El sector más pobre y explotado de América Latina, desde hace mucho tiempo, lo constituyen los pueblos indígenas. En gran proporción, sobreviven al margen de la vida económica, política, social y cultural de sus países, o se alquilan como mano de obra no calificada. De tal suerte que su condición socioeconómica los hace enfrentar condiciones de vida infrahumanas.
Conclusiones
Creemos que el proceso de globalización, con todos sus aspectos negativos, abre, sin embargo, la oportunidad con los esquemas de subordinación a que se encuentran sometidos los pueblos indígenas. Por muchos años, como se sabe, los pueblos indígenas han estado sujetos a un rígido control, que por lo general, llega a la marginación absoluta, por parte del grupo hegemónico constituido, en el caso de los países latinoamericanos, por los mestizos. Sin embargo, dentro de las transformaciones que conlleva la mundialización, puede darse el desarrollo de estrategias de integración social que partan de las propias bases de la sociedad, sin depender sustancialmente de las cúpulas.
No obstante, para que estas oportunidades sean reales, se requiere de factores propiciatorios, tales como la educación, capacitación en materia de autogestión, la asesoría para la conformación de microempresas, que sólo pueden ser asumidos por el estado. Es decir, la globalización ofrece posibilidades derivadas de la interrelación tan estrecha que se da hoy en día en los países del orbe, pero este factor no puede ser la panacea, debido a que el desarrollo requiere de otras condiciones económicas, políticas y sociales que solo pueden ser posibles mediante el replanteamiento del estado moderno y, específicamente, de los sistemas de gobierno.
Como afirma Roberto Mangabeira Unger, se requiere de un estado fuerte, con presencia, donde los ciudadanos cuenten con instrumentos como la iniciativa popular para revocar mandatos, donde haya un Ministerio Público independiente e instituciones que protejan verdaderamente de los abusos de poder. Es necesario también que ese estado, regule de manera real y efectiva las operaciones comerciales a fin de evitar que se constituyan, de facto, cárteles y oligopolios como ocurre en la actualidad en toda América Latina, en ese sentido, es necesaria la reorientación del estado hacia las micro y medianas empresas, la apertura de canales entre el ahorro y la inversión. Es imprescindible asimismo, que el estado garantice un conjunto básico de derechos humanos con la intención de corregir las desventajas económicas y sociales.
Las demandas políticas del conglomerado latinoamericano, se resumen en los siguientes aspectos:
Defensa y recuperación de sus tierras. El vínculo con la tierra es un tema recurrente en la temática indígena.
Reconocimiento y aceptación por la sociedad nacional de las lenguas indígenas y su uso, así como la especificidad étnica indígena.
Adaptación del sistema educativo a las necesidades culturales del grupo étnico indígena y el control de la comunidad sobre las escuelas.
Derecho y tratamiento igual por parte del Estado y cese a los abusos, la discriminación, el racismo.
Protección contra la violencia y los abusos practicados contra los indígenas por lo no indígenas.
Rechazo de la actividad religiosa misionera (aunque algunos grupos indígenas reconocen la ayuda que han recibido de los sectores progresistas de la iglesia).
Rechazo de los programas indígenas gubernamentales tecnocráticos y paternalistas que les han sido impuestos contra su voluntad y sus intereses y sin su participación efectiva.
Mayor participación política indígena en el manejo de sus propios asuntos y, en general, rechazo del sistema partidista tradicional.

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