jueves, 10 de julio de 2008

Los Rostros del Olvido





Desde el contacto inicial con las potencias coloniales, los pueblos indígenas vivieron un holocausto que supuso la desaparición de muchos de ellos y condenó a los supervivientes a la marginación, la invisibilidad, el expolio de sus territorios y sus riquezas, la explotación de su mano de obra y la negación de sus culturas. Podría parecer que hoy esto se ha superado y que las poblaciones indígenas han dejado de estar amenazadas. Incluso se habla de cooperación para el desarrollo con los pueblos indígenas. Pero ¿permite la globalización hacer real esta cooperación?
En la segunda mitad del siglo XX, los indígenas comienzan a organizar sus luchas en el marco de movimientos sociales de transformación de los Estados, lo que cuajó en reconocimientos legales tanto constitucionales como de Derecho Internacional, culminando en la Declaración de Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas. Sin embargo, estos reconocimientos no han mejorado la situación de los indígenas en el mundo, ya que sus derechos individuales y colectivos siguen siendo violados.
Desde los años 80, la Cooperación Internacional ha acompañado a los pueblos indígenas en diversos aspectos de sus luchas reivindicativas:
- Fortalecimiento organizativo.
- Exigencia de derechos, visibilización de la problemática indígena, participación indígena en foros internacionales.
- Apoyo a programas de desarrollo propio, como educación bilingüe intercultural, demarcación y titulación territorial, recuperación cultural.


- Diseño reciente de una cooperación específica con pueblos indígenas que toma en consideración sus peculiaridades culturales y se basa en la realización de sus derechos colectivos.
Pero el balance es tan desalentador como el relativo a los derechos y, salvo excepciones, apenas hay avances en muchos de los temas abordados. Por el contrario, la dependencia de la cooperación, el empobrecimiento general y las amenazas a la supervivencia han aumentado.
Comercio vs. Cooperación
¿A qué se debe esta contradicción entre las declaraciones de derechos y la cooperación, por una parte, y la situación de postración y dependencia de los pueblos, por otra? La causa es otra contradicción, menos visible pero igualmente aguda, entre las políticas de cooperación para el desarrollo y las de comercio exterior de los países donantes. Ambas apuntan en direcciones opuestas y tienen diferente peso en el conjunto de la política exterior de los países desarrollados: las comerciales merecen más esfuerzo presupuestario y, sobre todo, un mayor compromiso político.
Las políticas comerciales de los países donantes son coherentes con la globalización, entendida como un conjunto de normas internacionales, políticas económicas y reformas jurídicas que buscan la liberalización del comercio, la reducción del papel de los Estados en la economía y la mercantilización progresiva de cada vez más aspectos de las relaciones sociales y productivas. Estas normas se imponen a través de distintos mecanismos:
1.La coacción desarrollada por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) a través de los planes de ajuste estructural exigidos como condición de la financiación externa. 2. Los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio (OMC). 3. Los tratados de libre comercio. 4. Las políticas nacionales de renuncia al desarrollo e inserción en la economía globalizada.


Exigencias de la globalización
Existe una contradicción fundamental e insoslayable entre el paradigma de los derechos colectivos de los pueblos indígenas (territorio, autodeterminación, elección de un modelo propio de desarrollo) y el paradigma de la globalización.
Desde los años 80, la globalización impone a los países menos desarrollados la acelerada privatización de sus empresas públicas y de prestación de servicios sociales, lo que tiene especiales consecuencias sobre los pueblos indígenas, la privatización de la salud está acabando con la prestación del servicio en lugares recónditos y de difícil acceso, donde viven muchos pueblos cazadores y recolectores.
Como ocurre con el resto de los campesinos del Tercer Mundo, las normas de la OMC acaban con la seguridad y la soberanía alimentarías de los pueblos indígenas. Las trabas al libre intercambio de semillas y la competencia de las importaciones subsidiadas en origen, así como la renuncia a la intervención estatal en favor de campesinos e indígenas, condena a la miseria a una tercera parte de la población mundial, que depende para su subsistencia de la agricultura local. Por otra parte, la libre introducción de cultivos transgénicos amenaza con suprimir la variedad de cultivos que han practicado durante milenios.
El derecho colectivo al territorio entra en contradicción con los intereses de las empresas trasnacionales (ETN). La globalización reserva a los países en desarrollo un papel muy determinado en el comercio internacional: el de importador de bienes y servicios de las empresas transnacionales y exportador de productos agroindustriales y recursos naturales (a través de las mismas). La economía especializada exportadora exige la utilización de territorios indígenas para monocultivos agroindustriales, la explotación de los recursos naturales y la biodiversidad, la realización de infraestructuras, operaciones militares y cultivos ilícitos.
Los pueblos indígenas viven hoy una dramática paradoja. Los territorios que han conservado durante siglos, gracias a un modelo de desarrollo diametralmente opuesto al occidental, son anhelados por los actores del capitalismo, que han acabado con otras zonas del planeta.
Las últimas regiones que conservan lo que el capitalismo más codicia son recónditos territorios indígenas, pero este éxito está llevándolos al grave peligro de su desaparición como pueblos y a la degradación irreparable de los territorios.
Cuando todas estas amenazas se ciernen sobre los territorios indígenas, sus autoridades pueden negarse a que se realicen las actividades que las comportan, en virtud de los derechos reconocidos.
La contradicción entre éstos y el paradigma de la globalización se activa entonces, y diversos actores públicos y privados violan esos derechos. La presión de las políticas globalizadoras es tan grande que la lucha es hoy por la supervivencia como pueblos, muchos de ellos, principalmente cazadores recolectores, en grave peligro de desaparición.
La globalización hace imposible la viabilidad de los proyectos de cooperación con pueblos indígenas, pues los resultados del proyecto no pueden seguir produciéndose o manteniéndose por sí mismos al finalizar éste. En realidad, esto es posible únicamente cuando el Estado receptor de la cooperación tiene programas de desarrollo, presta asistencia técnica, capacitación, crédito, subsidios a los campesinos, indígenas u otros sectores. Pero el modelo globalizador exige la renuncia al desarrollo, a la intervención del gobierno en la economía, a la protección y promoción de los sectores más dependientes y vulnerables.
Debemos afrontar conscientemente esta contradicción y exigir a los gobiernos de los países donantes la transformación de sus políticas comerciales, haciendo de la cooperación con los pueblos indígenas un instrumento eficaz en el apoyo a sus modelos de desarrollo y el efectivo cumplimiento de sus derechos humanos.
Cultura, identidad y cosmovisión indígena
A pesar de la gran heterogeneidad entre los más de 400 pueblos indígenas en términos lingüísticos, de organización social y de formas de relación con el medio natural, existe una gran homogeneidad en los principios básicos que rigen las expresiones específicas de cada uno de los pueblos.

Entre estos principios fundamentales se encuentra una visión del hombre no como dueño sino como parte integrante del entorno natural, la preponderancia de la comunidad sobre el individuo, los principios de la reciprocidad y la redistribución que primen sobre la acumulación de bienes y recursos, así como fuertes valores éticos y espirituales en la relación con el entorno natural y con la comunidad.

La cosmovisión de los pueblos indígenas se basa en la relación armónica y holística en todos los elementos de la Madre Tierra al cual el ser humano pertenece pero no la domina. De esta forma el concepto de la acumulación es muchas veces ajeno a la cultura indígena, y de hecho la mayoría de los idiomas indígenas carecen de conceptos como ‘desarrollo’, ‘riqueza’ o ‘pobreza’. En la cosmovisión indígena no existe la lógica de un proceso linear progresivo, sino más bien conceptos como la circularidad, el futuro que al mismo tiempo es pasado, el tiempo que se rige por los ciclos naturales del movimiento de los planetas y de los ciclos estacionales y agrícolas.

Su racionalidad económica no es de acumulación sino de relación armónica con el entorno y uso respetuoso de los recursos naturales para el bienestar de toda la comunidad. Por lo tanto en la economía indígena rigen los principios de reciprocidad y redistribución para que todos los miembros de la comunidad tengan acceso a los mismos niveles de bienestar.

Muchas veces en el diálogo entre indígenas y no indígenas, los indígenas cuestionan el uso del termino ’pobreza’ como calificador de su situación frente a otros sectores de la sociedad. Más bien, suelen enfatizar la ‘riqueza’ que constituyen sus territorios y recursos naturales, su patrimonio cultural, su organización social armónica y la ausencia de vicios que resulten de la cultura de consumo y desperdicio que despliegue la sociedad dominante. Esto no significa que los pueblos indígenas no quisieran mejorar su condición socio-económica, al contrario demandan acceso a mejores servicios de educación y salud, a oportunidades para mejorar su producción e ingreso, a una participación equitativa en los procesos de definición de políticas y programas a nivel nacional. Sin embargo, insisten en que esta articulación con la sociedad que los rodea debe darse con el pleno respeto a sus propios principios y no a pesar de ellos.

La organización social indígena y el ejercicio de autoridad y poder reflejan estos mismos principios de armonía, equilibrio y consenso. La democracia indígena es participativa (no representativa) y enfatiza la necesidad de diálogo y consenso, priorizándose el papel de los ancianos como las autoridades cuya sabiduría y mayor cercanía al mundo de los ancestros pueden mejor vigilar sobre el equilibrio y el bienestar de la comunidad.

Los conocimientos y prácticas milenarios del manejo del medio ambiente y de los recursos naturales también se reflejan en los sistemas de atención a la salud, que pone énfasis en el mantenimiento del equilibrio del individuo con la comunidad, con el medio natural y con el mundo de los ancestros y de los espíritus. En esta forma holística de atención a problemas de salud no es la curación de síntomas sino la restauración del equilibrio que predomina. En esto contexto el uso de plantas medicinales, el rol de las parteras, curanderos, herbólogos y sacerdotes y las prácticas shamanisticas son partes integrales de la medicina indígena.

Creemos que el proceso de globalización, con todos sus aspectos negativos, abre, sin embargo, la posibilidad de romper con los esquemas de subordinación en que se encuentran sometidos los pueblos indígenas. Por muchos años, los pueblos indígenas han estado sujetos a un rígido control que por lo general, llega a la marginación absoluta, por parte del grupo hegemónico. Sin embargo, dentro de las transformaciones que conlleva la mundialización, puede darse lugar al desarrollo de estrategias de interacción social que partan de las propias bases de la sociedad, sin depender sustancialmente de sus cúpulas.

No obstante, para que estas oportunidades sean reales, se requiere de estados propiciatorios, tales como la educación, la capacitación en materia de autogestión, la asesoría para la conformación de microempresas, que sólo pueden ser asumidas por el estado. Es decir, la globalización ofrece posibilidades derivadas de la interrelación tan estrecha que se da hoy en día en los países del orbe, pero este factor no puede ser la panacea, debido a que el desarrollo requiere de otras condiciones políticas, económicas y sociales, que solo pueden ser posibles mediante el replanteamiento del estado moderno y, específicamente, de los sistemas de gobierno.

Los Marginados entre los Marginados





Los primeros en rechazar la globalización
son los indígenas por que saben
no estan invitados a la fiesta.

Miguel Ángel Contreras Nieto


Se considera como pueblos indígenas americanos, a la suma de pueblos nativos que vivían en América antes de la llegada de los europeos, así como a sus descendientes. Según cálculos, en el continente americano, a la llegada de los europeos, habitaban noventa millones de indígenas, diez de estos poblaban el actual territorio de Estados Unidos y Canadá, y el resto, es decir ochenta millones estaban distribuidos en lo que hoy conocemos como Latinoamérica, región en la que, hoy en día, viven alrededor de 26. 3 millones de indígenas, distribuidos en 600 pueblos.

Como puede evidenciarse, de manera paulatina pero constante, la población indígena de América Latina ha ido en decremento, lo cual demuestra las dificultades que los pueblos indígenas enfrentan para su desenvolvimiento. Sin duda, primero el europeo conquistador, y posteriormente, el mestizo, no hemos sabido respetar el derecho que tienen los indígenas para habitar y desarrollarse en este amplio continente.

En este sentido, puede afirmarse que la situación actual de los pueblos indígenas de Latinoamérica, es en muchos aspectos idéntica a la que vivieron poco después de la conquista europea: enfrentan los peores niveles de pobreza en la región y viven al margen de los procesos de toma de decisiones que determinen el rumbo del desarrollo de cada uno de los países de los que forman parte. Un buen ejemplo de ello lo constituye la ciudadanía, asunto que aunque formalmente es reconocido, en la práctica cotidiana dista mucho de realizarse, pues la condición social que posibilita la capacidad para participar a plenitud en la vida económica, social, cultural y política de la sociedad, queda únicamente en un solemne enunciado, lejano de la vida diaria de los pueblos indígenas latinoamericanos.

El problema que representa la situación de menoscabo a los derechos de los pueblos indígenas, es de capital importancia para América Latina, por dos razones fundamentales: por un lado los mestizos, conjuntamente con los indígenas, representan en forma mayoritaria, la población de los países latinoamericanos.

Por citar solo algunos casos, podemos señalar que representan más del 90% de la población de Ecuador, Chile, Honduras, El Salvador y Paraguay. Es indudable que América Latina tiene una muy importante deuda con respecto a su herencia indígena y con los grupos étnicos asentados en la región actualmente.

Por otra parte, resulta una verdad incontestable que las poblaciones indígenas y mestizas, con mucha frecuencia marginadas, han impulsado radicalismos políticos tales como la teología de la liberación, o levantamientos armados. De manera tal, que es incluso una cuestión de seguridad para los propios países de América Latina, encontrar esquemas para fomentar la participación de los indígenas en el proceso de desarrollo.

El escenario parece aún mas complejo si se considera que el proceso de globalización que experimentamos, es decir, la interrelación e interdependencia entre las distintas sociedades del orbe, se esta presentando de una manera vertiginosa.

Las sociedades todavía no se adaptan a un cambio, cuando ya son testigos y muchas veces objeto de nuevas transformaciones. Si en la actualidad los modelos de gobierno y los sistemas sociales latinoamericanos no han sido lo suficientemente incluyentes como para otorgar un lugar digno a los grupos indígenas, en este nuevo escenario, su capacidad de respuesta parece ser aún más incierta.

Desde la Revolución Industrial, iniciada en 1880, una y otra vez hemos observado cómo el desarrollo de una revolución tecnológica o económica que genere riqueza, no siempre se traduce en un incremento del bienestar de la sociedad. Esa es la paradoja a la que nos enfrentamos los países latinoamericanos y en especial, nuestros pueblos indígenas que son, desgraciadamente, en la mayoría de los casos, marginados entre los marginados.


En términos muy generales, los pueblos indígenas en Latinoamérica presentan, en su estructura social, una base económica fundamentalmente campesina y la presencia de pequeños sectores medios; al mismo tiempo, en muchos casos la pequeña burguesía comercial y burocrática que se encuentra dentro del territorio étnico es de composición mestiza, esta conformada por la población regional.

Desde siempre, las naciones ubicadas en el territorio latinoamericano, han estado conformados por una gran variedad de pueblos, entre los que se encuentran los indígenas, sin embargo, a estos últimos, en la praxis, a pesar de tener una voz propia, en buena medisa se les ha negado el derecho a participar en la toma de decisiones, especialmente en lo relativo a los asuntos que les atañen, y mucho menos han podido formar parte en la construcción del estado nacional. Esto ocurre, no obstante que los propios latinoamericanos, de manera paradójica, reconocemos orgullosos nuestra condición de mestizos.

En varios países de esta región, persiste la utópica idea de conformar una nación con una sola cultura y una sola lengua. Frente a esa concepción, y a otras más brutales, como la del darwinismo social, que promueve la supresión de los pueblos indígenas y los considera culpables del atraso de América Latina, estos pueblos, los indígenas, mantienen su empeño por la supervivencia, por proteger sus costumbres y sus valores, por preservar su cultura.

El interés de los estados latinoamericanos por integrarse al proceso de globalización, los ha conducido a aceptar, mayoritariamente, el modelo neoliberal, que privilegia las ventajas competitivas, consistentes en la posibilidad ofrecida por la capacitación y la tecnología, para producir artículos a menor costo; evidentemente, bajo este esquema, con dificultad, un país poco adelantado puede competir en cualquier ámbito contra uno más desarrollado. Equivocadamente, se considera que neoliberalismo y mundialización son sinónimos o cuando menos, conceptos interdependientes.

Así, los grupos indígenas ven mermadas sus posibilidades de participación real en el desarrollo de un país cuyo modelo económico se basa en el principio de la heterogestión, es decir, en la dirección y gestión de los asuntos de todos por unos pocos distintos de aquellos.

A todos los gobiernos les resulta conveniente buscar la integración de los pueblos indígenas, al concepto de identidad nacional, pero desgraciadamente, la mayoría de las veces lo visualizan como capital político o como un factor de riesgo para su estabilidad. Por ello, el nivel de participación de dichos grupos en la toma de decisiones, es muy limitado si se considera que los términos en que se busca su incorporación son determinados de manera unilateral por el propio gobierno. Así, estos pueblos se enfrentan al dilema de perder su herencia cultural para integrarse a una sociedad occidentalizada, en la que predominan los mestizos, o bien, ser objeto de segregación por parte de la sociedad.

Como un ejemplo de ello, vale recordar que en 1940, por iniciativa del gobierno de México, se reúnen todos los países o estados americanos que tienen población indígena en sus territorios, con el objeto de elaborar una estrategia para integrar al desarrollo, a los pueblos indígenas. Bajo esta vía se creo el Instituto Indigenista Americano, como una especia de fábrica de métodos científicos integracionistas. En esta lógica, para los Estados, los términos indígena, étnico y nativo equivale a gente insuficiente que requiere de las obras de beneficencia y evangelización, así como de la protección integracionista. A la par, campesino es una denominación clasista de carácter laboral civilizado. Según los ideólogos de esta corriente, son términos que reivindican la condición inferior que significa ser indio.

Puede decirse, sin embargo, que aunque de manera insuficiente, la participación de los indígenas en la actividad cotidiana de sus respectivos países, ha experimentado algunos avances. De esta manera, en 1979 en Bolivia, se logró que dos representantes indígenas fueran electos como diputados e integrarán el Parlamento Nacional. Esta victoria se visualiza en su real dimensión si se considera que en ese país, los indígenas constituyen el 70% de la población.

Después de 1980, el movimiento indígena se divide de manera clara en dos tendencias: la política y la apolítica. La primera, según el intelectual indígena Asunción Ontiveros, parece ser la más aceptada ya que implica una identificación con el estado nación correspondiente, bajo la premisa de que todo avance en las difíciles condiciones de subsistencia de los indígenas, debe ser garantizado por las respectivas legislaciones de esos países por eso afirma: “Si pretendemos una ley que reivindique nuestros derechos territoriales, esa ley tendrá su origen en los parlamentos. Pero para que esto ocurra, debemos hacer prevalecer nuestra presencia cultural y política dentro de la sociedad republicana. Para que las soluciones tengan en verdad espíritu indio, nuestro movimiento está forjando su propia ideología y filosofía cuya base es la que heredamos de nuestros antepasados, pero que también incorpora la de otras civilizaciones, la de otros continentes, y que hoy son patrimonio nuestro”. La segunda tendencia, por su parte, se fundamenta en el no reconocimiento del estado y propugna una solución radical que la enfrenta, incluso violentamente, a las instituciones estatales.

Para lograr una inserción cabal de los indígenas al desarrollo de un país, es necesario que el estado replantee muchos de sus paradigmas, como la visión que se tiene, dentro del modelo neoliberal globalizador, de que la tierra es una mercancía y un recurso productivo cuyo destino y uso debe decidirse en función de consideraciones como productividad y relación costo - beneficio. Para los pueblos indígenas, en cambio, la tierra es una entidad viva, es historia y es visualizada como la madre fértil que provee protección y sustento. Este conflicto refleja una oposición de paradigmas mucho más profunda de lo evidente, pues al asumirse como indígena, un individuo esta afirmando, entre otras cosas, una relación muy específica con la tierra.

Es necesario que los gobiernos de la mayoría de países latinoamericanos, replanteen sus relaciones con sus respectivos pueblos indígenas, que modifiquen su actitud hacia ellos y les permitan de manera más plena al propio estado, para lo cual debe comenzar por una nueva política en materia lingüística.

A lo largo y ancho de América Latina subsisten pueblos indígenas cuyos derechos humanos, de facto, han sido no solo relativizados sino incluso en ocasiones negados, imponiéndoseles por lo regular, patrones racistas, con los que velada o abiertamente se ha pretendido apartarlos de sus orígenes e historia. Este proceso se ha realizado en aras de un supuesto objetivo nacional, que ha buscado asimilarlos a la cultura nacional y despojarlos de su identidad particular.

A partir de la llegada de los europeos, los indígenas del continente americano comenzaron a padecer la imposición de modelos culturales extraños a ellos, por sobre sus costumbres; se les impusieron modelos socioeconómicos que van en contra de su cosmovisión y se les confino en selvas, desiertos y sierras.

El sector más pobre y explotado de América Latina, desde hace mucho tiempo, lo constituyen los pueblos indígenas. En gran proporción, sobreviven al margen de la vida económica, política, social y cultural de sus países, o se alquilan como mano de obra no calificada. De tal suerte que su condición socioeconómica los hace enfrentar condiciones de vida infrahumanas.





Conclusiones

Creemos que el proceso de globalización, con todos sus aspectos negativos, abre, sin embargo, la oportunidad con los esquemas de subordinación a que se encuentran sometidos los pueblos indígenas. Por muchos años, como se sabe, los pueblos indígenas han estado sujetos a un rígido control, que por lo general, llega a la marginación absoluta, por parte del grupo hegemónico constituido, en el caso de los países latinoamericanos, por los mestizos. Sin embargo, dentro de las transformaciones que conlleva la mundialización, puede darse el desarrollo de estrategias de integración social que partan de las propias bases de la sociedad, sin depender sustancialmente de las cúpulas.

No obstante, para que estas oportunidades sean reales, se requiere de factores propiciatorios, tales como la educación, capacitación en materia de autogestión, la asesoría para la conformación de microempresas, que sólo pueden ser asumidos por el estado. Es decir, la globalización ofrece posibilidades derivadas de la interrelación tan estrecha que se da hoy en día en los países del orbe, pero este factor no puede ser la panacea, debido a que el desarrollo requiere de otras condiciones económicas, políticas y sociales que solo pueden ser posibles mediante el replanteamiento del estado moderno y, específicamente, de los sistemas de gobierno.

Como afirma Roberto Mangabeira Unger, se requiere de un estado fuerte, con presencia, donde los ciudadanos cuenten con instrumentos como la iniciativa popular para revocar mandatos, donde haya un Ministerio Público independiente e instituciones que protejan verdaderamente de los abusos de poder. Es necesario también que ese estado, regule de manera real y efectiva las operaciones comerciales a fin de evitar que se constituyan, de facto, cárteles y oligopolios como ocurre en la actualidad en toda América Latina, en ese sentido, es necesaria la reorientación del estado hacia las micro y medianas empresas, la apertura de canales entre el ahorro y la inversión. Es imprescindible asimismo, que el estado garantice un conjunto básico de derechos humanos con la intención de corregir las desventajas económicas y sociales.



Las demandas políticas del conglomerado latinoamericano, se resumen en los siguientes aspectos:

Defensa y recuperación de sus tierras. El vínculo con la tierra es un tema recurrente en la temática indígena.

Reconocimiento y aceptación por la sociedad nacional de las lenguas indígenas y su uso, así como la especificidad étnica indígena.

Adaptación del sistema educativo a las necesidades culturales del grupo étnico indígena y el control de la comunidad sobre las escuelas.

Derecho y tratamiento igual por parte del Estado y cese a los abusos, la discriminación, el racismo.

Protección contra la violencia y los abusos practicados contra los indígenas por lo no indígenas.

Rechazo de la actividad religiosa misionera (aunque algunos grupos indígenas reconocen la ayuda que han recibido de los sectores progresistas de la iglesia).

Rechazo de los programas indígenas gubernamentales tecnocráticos y paternalistas que les han sido impuestos contra su voluntad y sus intereses y sin su participación efectiva.

Mayor participación política indígena en el manejo de sus propios asuntos y, en general, rechazo del sistema partidista tradicional.

300 Millones de Olvidados

En el mundo viven unos 300 millones de indígenas repartidos en más de 70 países. El próximo martes 9 de agosto se celebra el Día Internacional de las Poblaciones Indígenas. Herederos de una cultura y de una respetuosa relación con el medio ambiente, los pueblos indígenas de todo el mundo comparten los mismos problemas en la defensa de sus derechos y el reconocimiento de sus identidades. Es el caso de las comunidades indígenas irulas de la India y de los chorotegas de Mosonte en Nicaragua que luchan, con el apoyo de Ayuda en Acción, para recuperar su cultura y tradiciones y hacer que sus reclamaciones sean escuchadas.
5 de agosto de 2005.- En la India, el tsunami que el pasado 26 de diciembre asoló las costas del sudeste asiático no solo afectó a las comunidades pesqueras que vivían a orillas del mar. Otros colectivos, menos visibles e históricamente marginados, fueron igualmente golpeadas por el maremoto. Es el caso de las comunidades indígenas irulas, que sólo en el Estado de Tamil Nadu conforman más de 150.000 personas.
Los irulas son seminómadas, no poseen tierras, presenta altos niveles de analfabetismo y viven de la caza, la recolección y la pesca tradicional, en asentamientos aislados y en las desembocaduras de los ríos. Tradicionales moradores de los bosques donde se dedicaban a cazar ratas y serpientes y a vender miel, cera o leña, el Gobierno indio declaró ilegal hace tres décadas (Ley de Protección de Bosques de 1976) su medio de vida. En ese momento abandonaron forzosamente su aislamiento y se desplazaron cerca de otras comunidades tratando de encontrar nuevos sustentos que no han conseguido sacar a estos adivasi o aborígenes de la situación de extrema pobreza y marginación en la que viven.
Explotados desde entonces en los más diversos trabajos, los irulas sobreviven trabajando las tierras de los terratenientes en condiciones de semiesclavitud y de la pesca en canales y aguas interiores donde también recolectan lombrices que venden a los criaderos de gambas. Los irulas han sido clasificados por el Gobierno indio como “comunidades tribales catalogadas”, lo que en teoría les facilita el acceso a una serie de recursos de los que se ven privados en la práctica: educación, sanidad, diferentes tipos de ayudas, títulos de propiedad de sus tierras… Ni tan siquiera poseen documentos que acrediten su identidad.
El tsunami no ha hecho más que agravar esta situación de exclusión y marginalidad. Considerados por el Gobierno y las comunidades de pescadores “no afectados directamente” por la catástrofe porque sus pérdidas no han sido “comparables” a las de los pescadores, lo cierto es que los irulas han sido apartados de las ayudas desde el primer momento y segregados dentro de los campos de desplazados. Vivir de la basura
Así sucedió en el campo de Muttakkad, donde 23 de estas familias irulas vivían apartadas del resto por ser considerados “inferiores”. Marginados por completo por este motivo, no recibían la asistencia necesaria y ni tan siquiera poseían las cartillas de racionamiento que permitían acceder a los bienes básicos distribuidos por el Gobierno. La situación se veía agravada porque nadie supervisaba el reparto de unas ayudas que los pescadores impedían que llegaran a los irulas, que mientras tanto sobrevivían escarbando entre la basura. Ayuda en Acción y ActionAid India, organización a través de la que trabajamos en el país desde 1982, se ocuparon desde el primer momento de atender a estas comunidades y de poner fin a esta situación de discriminación. En colaboración con la ITWWS (Irulas Tribal Women Welfare Society), ActionAid distribuyó, durante las primeras semanas, ayuda humanitaria y asistencia médica a estas 23 familias. Desde hace varios meses, estas familias viven en refugios temporales que ellos mismos han construido en los terrenos comprados por nuestra Organización y cedidos en propiedad en Nemelli; un emplazamiento a 7 kilómetros del campo de desplazados de Muttakkad. Nuestra Organización también les ha facilitado nuevos aparejos, redes de pesca y 16 bicicletas.

“Pero de lo que estamos más orgullosos es de que la tierra en la que vivimos es nuestra, de nuestra propiedad, y eso nos hace sentirnos mucho más libres”, asegura Kalaiselvi, coordinadora irula de la ITWWS en Nemelli.
ActionAid, ha planificado una intervención a largo plazo en materia de educación, sanidad, vivienda y medios de vida para todos los irulas afectados por el tsunami. “Esta será la primera generación irula que vaya a la escuela y eso desde luego va a suponer muchos cambios positivos para nuestra comunidad”, afirma Kalaiselvi, Renace la cultura indígena de Mosonte
Mosonte se encuentra en Nueva Segovia, un departamento al norte de Nicaragua en la frontera con Honduras. En la actualidad viven en el municipio 7.700 habitantes, el 88% descendientes de indígenas chorotegas. Una comunidad indígena que enfrenta pobreza, analfabetismo y un asilamiento político, geográfico y social. Sin embargo, frente a otros pueblos indígenas, la posesión de la tierra, reconocida por un Título Real de 1773 otorgado por la corona española, constituye un patrimonio sobre el que esta comunidad indígena está construyendo su propio desarrollo.
Además de estos problemas -moneda común para los más de 300 millones de indígenas que hay en el mundo-, los chorotegas de Mosonte han tenido que afrontar el deterioro de su identidad cultural y la pérdida progresiva de sus tradiciones y costumbres. La influencia de otros pobladores y la identificación durante doscientos años del indígena con “atraso y subdesarrollo” hicieron mella en la cultura indígena de Mosonte. La llamada “trasculturización” se tradujo entonces en la asunción de ciertos patrones culturales ajenos y el desprecio de los propios.
Para detener esta pérdida y contribuir al rescate de la identidad cultural y del patrimonio histórico de la comunidad indígena, Ayuda en Acción Nicaragua ha publicado un libro elaborado por el propio Pueblo Indígena de Mosonte. En coordinación con el Ministerio de Educación nicaragüense, este material está permitiendo que profesores de primaria y secundaria de la zona transmitan a sus estudiantes sus propias raíces.
Se trata con esto de que las mujeres y hombres indígenas redescubran y valoren su historia y preserven y fomenten su cultura a partir de sus propias capacidades.
“El Estado nicaragüense reconoce la existencia de los pueblos indígenas que gozan de los derechos, deberes y garantías consagrados en la Constitución”, comenta Haydée Castillo, coordinadora de Ayuda en Acción en Nueva Segovia. “Esta publicación es un paso más para avanzar de un Estado legal a otro cada vez más real”, explica Haydée. La cultura de Mosonte se basa en un sincretismo religioso que combina la tradición católica e indígena. Con esta publicación, en la que se incluyen leyendas, cuentos, canciones y mitos de los indígenas de Mosonte, los estudiantes conocen la historia de un pueblo como el chorotega integrado por más de 92.000 indígenas concentrados en el norte de Nicaragua.
Desde el año 2000, Ayuda en Acción viene apoyando al Pueblo Indígena a través del fortalecimiento de sus instituciones. Es el caso del Consejo de Ancianos, organismo desaparecido en 1927 y que gracias al esfuerzo de los habitantes de Mosonte y del apoyo de nuestra Organización volvió a constituirse en 2003. En la actualidad, el Consejo de Ancianos supervisa el buen funcionamiento de las instituciones de los indígenas de Mosonte.
“Los pueblos indígenas de Nicaragua históricamente hemos tenido que enfrentarnos a distintas amenaza de nuestros derechos, afirma Fermina Gómez, alcaldesa de vara del Consejo de Ancianos de Mosonte. Hoy nos encontramos dentro de un proceso reivindicativo de nuestros derechos ancestrales”.
Para Ayuda en Acción nuestro compromiso con las comunidades indígenas persigue encontrar, construir y desarrollar junto a ellos y ellas, proyectos de vida digna, reafirmar su identidad cultural y fortalecer a los representantes de estas comunidades para que trabajen con otras organizaciones tribales para que su voz y sus denuncias sean escuchadas y tenidas en cuenta.
Ayuda en Acción es una Organización No Gubernamental para el Desarrollo que, desde 1981, trabaja para mejorar las condiciones de vida de las comunidades más desfavorecidas, en 17 países de Asia, África y América, en los que impulsamos proyectos gracias al apoyo económico de más de 187.000 españoles.